Page 901 - Anatema - Neal Stephenson
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lo  sabían.  Los  soldados,  aislados  en  su  propia  retícula


          privada  y  segura,  no  tenían  ni  idea.  Al  darnos  cuenta,

          Sammann, Orolo, Cord y yo intercambiamos miradas de

          diversión y asombro.


            Yul  nos  distrajo  un  rato.  Empujó  al  soldado  que  iba  a

          ponerle el collar; luego, al ver que le apuntaban con armas,

          negoció un acuerdo: él mismo se lo pondría. Pero, cuando


          se lo hubo puesto y el soldado se alejó, se lo sacó por la

          cabeza. Tenía un cuello grueso y un cráneo pequeño. El

          collar  le  raspó  el  cráneo  y  le  hirió  las  orejas,  pero  se  lo


          quitó.  Luego,  habiendo  comprobado  que  podía,  se  lo

          volvió a poner.


            Al fin un oficial se dio cuenta de la pequeña multitud de

          avotos sin collar que había alrededor del transbor de Gnel

          y  envió  a  un  pelotón  a  ocuparse  de  ellos.  Daba  la


          impresión de que éramos libres de movernos siempre que

          no  intentásemos  correr  y  no  interfiriésemos  con  los


          soldados, así que los seguí a una distancia que esperaba

          que considerasen cortés.

            A los avotos con collar los llevaban hacia los escalones


          del templo. Cerca, una fila de soldados iba recorriendo la

          plaza  del  Teglón;  inclinados,  los  hombres  recogían  las

          losetas sueltas y otros restos que pudieran convertirse en


          proyectiles cuando empezasen a aterrizar naves. Enormes

          aeronaves de descenso vertical esperaban en el cielo a que

          estuviese lista la pista de aterrizaje. Supuse que el plan era


          cargarnos en aeronaves y llevarnos a alguna instalación de



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