Page 898 - Anatema - Neal Stephenson
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—La temperatura corporal es similar a la nuestra —
anunció—. Quizá lleva unos minutos muerta.
El cielo cayó sobre nuestras cabezas. O eso nos pareció.
Arriba alguien había cortado las cuerdas del paracaídas,
que había caído sobre nosotros. Alarmante, pero
inofensivo. Nos dispersamos, cada uno preocupado de
manosear, arrastrar, agarrar y acumular. No había un plan
coherente. Pero muchos avotos acabaron juntándose en el
centro de la plaza, acorralando un buen montón de tela de
paracaídas que empujaron e hicieron rodar hasta los
escalones del templo, para que no estorbase. Cuando
quedó claro que había domadores de paracaídas de sobra,
volví a la sonda con la intención de ponerlos al corriente.
Mi intención había sido correr, pero por la rampa
descendían soldados equipados para el combate de pies a
cabeza y pensé que verme correr no haría más que
exacerbar su instinto de caza.
Orolo y Sammann examinaban un artefacto que había
estado en la cápsula: la caja que Cord había visto en el
regazo de la ocupante. Estaba fabricada con un material
fibroso y contenía cuatro tubos transparentes llenos de un
líquido rojo. Muestras de sangre, supuse. Cada uno estaba
etiquetado con una única palabra —las cuatro diferentes—
en la escritura de los Geómetras y un ikón circular
diferente: la imagen de un planeta que no era Arbre visto
desde el espacio.
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