Page 299 - El Leon De Comarre/ A la caida de la noche - Arthur C. Clarke
P. 299
los tiempos. Para guardar su cuerpo, quedaban allí las
máquinas que le habían servido en vida. Alvin estaba
convencido de que jamás lo abandonarían en ninguna
circunstancia. Los robots quedarían allí, pendientes de su
mente, esperando órdenes que nunca llegarían hasta que
las montañas se derrumbaran en el cataclismo final.
El pequeño animal cuadrúpedo que antaño, muchos
millones de años había servido al hombre con la máxima
devoción y fidelidad, la misma que los robots, había
desaparecido hacía ya tanto tiempo que el muchacho ni
siquiera había oído hablar del perro.
Alvin y Theon caminaron en silencio hacia la nave que
esperaba y, desde la altura, la fortaleza fue de nuevo como
un lago oscuro entre las montañas. Alvin no hizo nada para
dirigir la nave que se levantó perpendicular en el aire hasta
que toda la tierra de Lys se extendió bajo ellos como una
gran isla verde en medio de un mar naranja. Nunca con
anterioridad había volado Alvin a tanta altura. Cuando la
nave cesó su ascensión, el crescente de la Tierra era visible
bajo ellos. Lys era un pequeñísimo punto, sólo una sombra
diminuta entre el gris y el naranja del desierto. Pero un
poco más bajo, en la línea del horizonte, algo resplandecía
como una joya brillante de múltiples colores. Así, por
primera vez, Theon vio la ciudad de Diaspar.
Se quedaron largo tiempo contemplando el girar lento
de la Tierra bajo ellos. De todos los antiguos poderes del
298

