Page 73 - El Leon De Comarre/ A la caida de la noche - Arthur C. Clarke
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subconscientes.

                —¡Llévame  a  los  proyectores  de  pensamientos!  —le

         ordenó al robot.


                Como había esperado, A‐Cinco no se movió. Se limitó

         a replicar:

                —No comprendo.


                El espíritu científico de Peyton comenzó a revivir y se

         sintió de nuevo dueño de la situación.

                —Ven aquí y no te muevas hasta que yo no vuelva a

         ordenártelo.


                Los selectores y relays del robot parecieron considerar

         las  instrucciones.  Y  no  encontraron  en  su  programación

         contraorden  previa.  Así  que,  lentamente,  la  pequeña

         máquina  caminó  hacia  adelante  deslizándose  sobre  sus


         ruedecitas. Se había comprometido, al aceptar la orden, y

         no había vuelta a atrás. No podía volver a moverse hasta

         que  Peyton  se  lo  ordenara  o  hubiera  alguien  que


         contrarrestara la orden. El «hipnotizar» a un robot era un

         truco  muy  antiguo  que  los  chicos  traviesos  gustaban  de

         emplear.

                Rápidamente,  Peyton  vació  su  bolsa  de  las


         herramientas  que  un  buen  ingeniero  mecánico  nunca

         abandona:  un  destornillador  universal,  los  alicates,  un

         tensador,  el  taladro  automático  y,  lo  más  importante,  el

         cortador atómico de metales que podía atravesar y cortar


         las  más  duras  planchas  en  cuestión  de  segundos.




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