Page 52 - Las Naves Del Tiempo - Stephen Baxter
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dedos grotescos. Su boca era un pico de carne, y
no parecía tener nariz. Los ojos de la criatura —
dos, grandes y oscuros— eran humanos. Parecía
emitir un ruido —un murmullo bajo, como el de
un río— y comprendí con horror que ése era
exactamente el ruido que había oído al principio
de la expedición, a incluso durante mi primera
aventura en el tiempo.
¿Me había acompañado esa criatura —ese
Observador, como la llamé— de forma invisible en
mis dos expediciones por el tiempo?
De pronto, corrió hacia mí. ¡Apareció a no más de
una yarda de mi cara!
Me derrumbé por fin. Grité y, sin pensar en las
consecuencias, tiré de la palanca.
¡La Máquina del Tiempo volcó —el Observador
desapareció— y volé por los aires!
Quedé inconsciente; no sé durante cuánto tiempo.
Desperté despacio, con la cara pegada a una
superficie dura y arenosa. Sentí como un aliento
cálido en el cuello —un suspiro, un toque de pelos
suaves contra mi mejilla—, pero cuando me quejé
a intenté inclinarme, la sensación desapareció.
Extendí los brazos y busqué a mi alrededor. Para
mi tranquilidad, me vi recompensado con un
choque casi inmediato con una masa de marfil y
cobre: era la Máquina del Tiempo, arrojada como
yo en aquel desierto oscuro. Palpé con manos y
dedos los carriles y travesaños de la máquina.
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