Page 55 - Las Naves Del Tiempo - Stephen Baxter
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arrodillé y palpé en el suelo. La arena era dura y
de grano fino. Escarbé con el pulgar, y abrí un
pequeño agujero donde inserté la vela, confiando
que en unos pocos momentos se fundiese cera
suficiente para mantenerla en su lugar. Ahora
tenía una fuente de luz para realizar la operación,
y las manos libres.
Apreté los dientes, respiré hondo, y luché con el
peso de la máquina. Metí muñecas y rodillas bajo
la estructura en un intento de levantarla del suelo
—la había construido para que fuese sólida, no
fácil de manejar— hasta que finalmente se rindió a
mi asalto y volvió a su posición. Una barra de
níquel me golpeó dolorosamente en el hombro.
Descansé las manos en el asiento, y sentí que la
arena de este nuevo futuro había estropeado el
cuero. En la oscuridad de mi propia sombra
encontré los indicadores cronométricos con un
dedo —una esfera se había hecho pedazos, pero el
indicador en sí parecía estar bien— y las dos
palancas blancas con las que podría volver a casa.
Al tocar las palancas, la máquina tembló como un
fantasma, recordándome que yo no pertenecía a
esta época: que en cualquier momento podía subir
al aparato y regresar a la seguridad de 1891, sólo
herido en mi orgullo.
Saqué la vela de su hueco en la arena y la mantuve
frente a los indicadores. Era el día 239.354.634: por
tanto —estimé— el año era el 657.208 después de
Cristo. Mis especulaciones sobre la mutabilidad
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