Page 54 - Las Naves Del Tiempo - Stephen Baxter
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El fuerte olor a azufre de las cerillas se me metió
en la nariz, y retrocedí sobre la arena hasta que
toqué con la espalda las barras de cobre de la
Máquina del Tiempo. Después de unos minutos de
desesperación recuperé el sentido común
suficiente para sacar una vela de la mochila.
Sostuve la vela frente a la cara y fije la vista en la
llama amarilla, ignorando la cera caliente que me
corría por los dedos.
Comencé a distinguir alguna estructura en el
mundo que me rodeaba. Pude ver la masa de
cobre y cuarzo que era la Máquina del Tiempo
brillando bajo la luz de la vela, y una forma —
como una gran estatua o edificio— que se alzaba,
pálida a inmensa, no lejos de donde me
encontraba. La falta de luz no era completa. El Sol
podía haber desaparecido, pero las estrellas
seguían brillando en grupos sobre mí, aunque las
constelaciones de mi niñez se habían desplazado.
No puede encontrar ni rastro de nuestra Luna.
Sin embargo, en una zona del cielo no brillaba
ninguna estrella: en el oeste, sobresaliendo sobre el
horizonte negro, había una elipse aplastada, sin
estrellas, que ocupaba un cuarto del cielo. Era el
Sol, ¡rodeado de una increíble cáscara!
Cuando se me pasó algo el miedo, decidí que mi
primera tarea debía ser asegurarme el regreso a
casa: debía colocar en posición la Máquina del
Tiempo, ¡pero no lo haría en la oscuridad! Me
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