Page 57 - Las Naves Del Tiempo - Stephen Baxter
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La divergencia de las historias gemelas que había


            presenciado  —en  la  primera,  la  construcción  del


            mundo  jardín  de  los  Elois;  en  la  segunda,  la

            desaparición del Sol y la aparición de ese desierto


            planetario—  me  era  incomprensible.  ¿Cómo


            podían las cosas ser y luego no ser?


            Recordé las palabras de Tomás de Aquino: «Dios

            no puede hacer que lo ya pasado no haya sido. Es


            una  imposibilidad  mayor  que  resucitar  a  los


            muertos...»  ¡Yo  también  lo  había  creído!  No  soy

            dado a las especulaciones filosóficas, pero siempre


            había  considerado  el  futuro  como  una  extensión


            del pasado: fijo a inmutable, incluso para Dios, y


            por supuesto para la mano del hombre. El futuro

            para  mí  era  como  una  enorme  habitación,  fija  y


            estática.  Y  en  el  mobiliario  del  futuro  podía  yo


            explorar con mi Máquina del Tiempo.

            Pero había descubierto que el futuro podía no ser


            algo fijo, ¡sino algo mutable! Si así era, pensé, ¿qué


            sentido  tenían  las  vidas  de  los  hombres?  Ya  era


            bastante  soportar  la  idea  de  que  todos  nuestros

            logros serían reducidos a la insignificancia por la


            erosión del tiempo —¡y yo, de todos los hombres,


            era  el  que  mejor  lo  sabía!—,  pero  al  menos  uno

            siempre  había  tenido  la  sensación  de  que  sus


            monumentos,  y  las  cosas  que  amaba,  habían  sido


            una vez. Pero si la historia era capaz de un borrón


            tan completo, ¿qué valor tenía cualquier actividad

            humana?








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