Page 58 - Las Naves Del Tiempo - Stephen Baxter
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Reflexionando así sentí como si la solidez de mi
pensamiento y la firmeza de mi comprensión del
mundo se derritiesen. Miré fijamente la llama de la
vela, en busca del esquema de una nueva
comprensión.
No todo estaba perdido, decidí; mis temores se
apaciguaban, y mi mente permanecía fuerte y
decidida. Exploraría ese mundo extraño y tomaría
todas las fotos posibles con la Kodak, y luego
regresaría a 1891. Allí, mejores filósofos que yo
podrían lidiar con el problema de dos futuros que
se excluían el uno al otro.
Fui hacia la Máquina del Tiempo, desenrosqué las
palancas que me conducían en el tiempo y las
guardé seguras en el bolsillo. Luego busqué hasta
encontrar el atizador, todavía fijo en el sitio de la
máquina donde lo dejé.
Probé el mango y lo sopesé. Me imaginé partiendo
los blandos cráneos de algunos Morlocks con ese
trozo de ingeniería primitiva y mi confianza
creció. Metí el atizador en una de las presillas del
cinturón. Colgaba un poco torpemente pero me
tranquilizaba con su peso y solidez, y por sus
resonancias a hogar y fuego.
Levanté la vela en el aire. La estatua o edificio
espectral que había notado cerca de la máquina
apareció vagamente iluminada. Era de hecho un
monumento de algún tipo: una figura colosal
esculpida en piedra blanca, aunque la forma era
difícil de distinguir bajo la luz de la vela.
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