Page 60 - Las Naves Del Tiempo - Stephen Baxter
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durante mi primera visita al futuro. ¡Era casi como
encontrarse con una vieja amiga!
Caminé por la colina arenosa, alrededor de la
máquina, recordando. El sitio había sido un prado,
rodeado de malvas y rododendros púrpura;
arbustos que en mi primera visita habían arrojado
sus flores sobre mí como bienvenida. Y, alzándose
sobre todo, inconfundible, había estado la
imponente forma de esa esfinge.
Bien, allí estaba otra vez, ciento cincuenta mil años
antes de esa fecha. Los arbustos y el prado no
estaban allí, y sospechaba que nunca lo estarían. El
jardín iluminado por el sol había sido sustituido
por un desierto oscuro, y ahora sólo existía en los
recovecos de mi mente. Pero la esfinge estaba allí,
sólida como la vida y casi indestructible.
Palmeé los paneles de bronce de la estatua casi con
afecto. De alguna forma, la existencia de la esfinge,
que permanecía desde mi anterior visita, me
reafirmaba que no estaba imaginando todo
aquello, ¡que no me volvía loco en alguna alcoba
de mi casa en 1891! Todo era objetivamente real, y
—sin duda y como el resto de la creación— todo
encajaba en un esquema lógico. La Esfinge Blanca
era parte de ese esquema, y sólo mi ignorancia y
las limitaciones de mi cerebro me impedían ver el
resto. Me sentí reforzado, y decidido a continuar
con mis exploraciones.
En un impulso, caminé hasta el lado del pedestal
que quedaba más cerca de la Máquina del Tiempo
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