Page 140 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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La noche anterior, al ver que había oscurecido y
Eutecmon seguía absorto en lo suyo, su hermano le
llevó la cena, y también una alcuza llena de aceite y un
par de lámparas. No le había insistido en que se
acostara; lo conocía de sobra y sabía que hasta que no
resolviese lo que tenía en la cabeza el resto del mundo
no existía.
Al día siguiente, aunque el cielo estaba turbio, el sol
apretaba con fuerza. Sin embargo, allí seguía
Euctemón. Si Demetrio no le hubiese llevado un
sombrero, a buen seguro habría pillado una insolación.
—¿Qué tal van tus cálculos? —le preguntó.
—Bien. Ya los he terminado.
—¿Entonces por qué no te levantas de ahí y te
vienes a la sombra?
—Tengo que repasarlos.
—¿Cuántas veces? Recuerda que mañana tenemos
una marcha de doscientos estadios con todo el equipo.
Su hermano siguió con sus balanceos, sin dignarse
a contestar. De vez en cuando algún curioso se acercaba
para mirar los elaborados dibujos del joven:
proyecciones de esferas encerradas unas en otras,
circunferencias concéntricas, trayectorias circulares y
espirales, puntos unidos con líneas para representar las
constelaciones. La mayoría se creía en la obligación de
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