Page 141 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
P. 141

soltar comentarios graciosos que él no respondía. No

            se trataba de resignación filosófica ni de indiferencia


            fingida. Euctemón tenía una especie de párpados en los

            oídos,  y  cuando  se  concentraba  en  sus  números

            simplemente los cerraba.



                  A ratos se formaba un corrillo, pero no tardaba en

            disolverse. A los griegos siempre les habían gustado las

            conductas llamativas, anecdóticas o estrafalarias. Pero


            en el caso de Euctemón su excentricidad no lo hacía

            simpático ante sus compañeros.


                  —No  pinta  nada  aquí  —decían  muchos—.  No  es

            como nosotros.



                  Y tenían razón. Para empezar, Euctemón no quería

            nada  con  las  mujeres.  Cuando  por  burlarse  de  él  le

            traían una prostituta, él hundía los hombros, clavaba la


            mirada en el suelo y no decía nada, aunque alguna de

            ellas  se  rozara  con  él  y  se  burlara  llamándole  «buen


            mozo». Y eso que lo era hasta cierto punto. Medía tres

            o  cuatro  dedos  más  que  su  hermano  y  tenía  los

            hombros más anchos, pero el gesto inexpresivo, el pelo


            híspido, la mirada opaca y los movimientos repetitivos

            afeaban el atractivo que hubiera podido tener.


                  Tampoco, que se supiera, le gustaban los efebos. Al

            verlo  tan  poco  interés  por  el  sexo,  los  demás


            mercenarios  habían  hecho  bromas  sobre  él  diciendo

            que entre las piernas debía tener un arco vacío; pero eso


                                                              141
   136   137   138   139   140   141   142   143   144   145   146