Page 143 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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cumplido los treinta al mes siguiente. Lo que en
Euctemón podía pasar por extravagancia en Filodemo
era una grave enfermedad: había aprendido a hablar
tarde y mal, apenas manejaba un centenar de palabras
y no era capaz de coordinar frases con un mínimo de
sentido. Se pasaba el día encerrado en su alcoba o
escondido en un hueco bajo la escalera que daba al
segundo piso de su casa del Pireo. Se balanceaba a
todas horas como una mecedora, con un vaivén mucho
más pronunciado que el de Euctemón, y a veces se
golpeaba la cabeza contra la pared hasta dejarse la
frente abollonada de chichones y cicatrices. Sólo podía
salir de casa del brazo de su madre, y si oía o veía
cualquier cosa que le angustiaba o, simplemente, le
desconcertaba, se tiraba al suelo tapándose los oídos,
empezaba a revolcarse entre aullidos y no había forma
de arrancarle del sitio. Después de morir su madre, ya
nunca había vuelto a salir a la calle, para alivio de
Demetrio que, aunque le doliera reconocerlo, se
avergonzaba de su hermano. Filodemo se parecía a él,
pero sus rasgos estaban tan desencajados por la locura
que resultaban repulsivos.
El día en que Atenas se rindió a Crátero, la facción
oligárquica de la ciudad aprovechó la ocasión para
ajustar cuentas con los demócratas. Mientras Demetrio
y Euctemón estaban de servicio en las murallas, quince
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