Page 149 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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No lo hacía por afán didáctico, ya que le importaba un
comino que quien le oyera se enterase de algo, sino
porque para él no había nada más importante en el
mundo. Una vez entrado en materia, era imposible
desviarlo de la conversación hasta que él juzgaba
llegado el momento de dejarla. Pero Demetrio pensó
que, si conseguía que su hermano empezara a hablar,
se despegaría de sus cálculos. A veces bastaba con
distraerlo un rato de aquella manera para que se
quedara satisfecho y pudiera salir de esas tareas
repetitivas a las que, como un nuevo Sísifo, se
condenaba él solo.
–Cuéntaselo, Euctemón —le animó—. Mira,
Dionisidoro —añadió, agachándose sobre el dibujo—.
Este símbolo es el del Sol.
—Es el de Ares, nombre divino de Piroente —
replicó Euctemón de forma automática. Demetrio
sonrió. Ésa era otra forma de manipular a su hermano.
Era incapaz de pasar por alto un error.
Sería capaz de corregir al propio Alejandro, pensó,
y rezó por que no llegara esa ocasión.
—Ah, muy bien —respondió Dionisidoro, e hizo
ademán de irse. Demetrio le agarró de la muñeca y le
obligó a sentarse en el suelo, a su lado.
—Ahora te quedas y te tragas la charla como yo —
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