Page 20 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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que más vulnerable hacía a los hombres.
Qué débiles son. Lo eran por albergar deseos
contradictorios y debatirse indecisos entre ellos. El sol
y la luna a la vez. Querían mujeres atadas a su lado,
encerradas sólo para ellos en sus casas, sus cuevas, sus
tiendas o sus harenes, pero también codiciaban las
ajenas y para conseguirlas abandonaban a las propias
en sus hogares. Al levantarse por la mañana querían
ser inmortales, pero por la noche destruían sus cuerpos
comiendo y bebiendo hasta desplomarse.
Pero Alejandro no era así. Vivía sólo con un deseo,
el poder total, y esa fijación lo volvía casi imposible de
manejar. Al menos si quien intenta manejarle es una
mujer, pensó con un veneno que corroía su propia
mente.
Por fin, Pérdicas se volvió hacia ella, y Roxana
observó que tenía el gesto descompuesto. Las dudas,
siempre las dudas. ¿Por qué ese hombre no crecía de
una vez?
Porque es un hombre.
—Ven aquí —insistió, sentándose sobre los talones
y apoyando las manos en los muslos para disimular la
tripa y juntar más los pechos. Sabía que él no se
resistiría, y no lo hizo.
Roxana, que aún no era madre, acunó a Pérdicas
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