Page 161 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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Meleagro  se  dedicó  a  recorrer  la  zona  de  los

            mercenarios  despotricando  contra  todo  lo  que  veía,


            aunque el orden allí no tenía nada que envidiar al del

            resto  del  campamento.  Lo  acompañaban  varios

            macedonios  de  Eordea  como  él,  entre  ellos  sus  dos


            hijos, y también el general del batallón Lechuza. Éste,

            un ateniense llamado Filarco, lejos de defender a sus


            hombres  les  iba  abroncando  públicamente  por

            cualquier  cosa  que  a  Meleagro  le  pudiera  parecer

            muestra de desidia: una capa de piel levantada en la


            esquina de un escudo, una mancha de herrumbre en la

            punta de una lanza, una mella en el filo de una espada.

            Filarco  era  el  tipo  de  oficial  al  que  más  temían  los


            soldados.  El  hombre  que  siempre  daba  la  razón  al

            superior y prefería cenar con él en su tienda aunque a

            sus hombres les hubieran asignado para acampar una


            vaguada anegada de agua y no les hubiesen llevado

            aún leña para cocinar. El típico oficial al que durante la


            batalla  más  le  valía  formar  en  las  últimas  filas  si  no

            quería terminar con la espalda agujereada de lanzazos

            de los suyos.



                  —Tienes razón, Meleagro —le iba diciendo ahora—

            . Esta noche harán todos guardias dobles y les privaré

            de la ración de vino durante tres días.


                  Meleagro le miró con una sonrisa burlona y le dio


            una bofetada cariñosa en la cara.



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