Page 166 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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cubrirlo con su cuerpo.


                  —¡Alto!


                  No sabía de quién era esa voz, pero sin duda no de


            Meleagro,  pues  sonaba  clara  como  una  trompeta  de

            plata. Los pies de los soldados se apartaron de ambos.


                  —Cálmate, Eute, por favor —susurró Demetrio al

            oído de su hermano—. Nos va a matar. ¿Comprendes?


                  Se incorporó un poco y le miró a la cara. Euctemón


            tenía una brecha sobre la frente de la que le chorreaba

            sangre por la nariz, pero en sus ojos parecía brillar una


            chispa de cordura. Demetrio le agarró por el codo y le

            ayudó a levantarse.


                  Cuando vio quién se acercaba al grupo sintió que


            bajo sus pies se abría una sima directa hacia el Tártaro.

            Ya era bastante malo encontrarse ante un general. Pero

            el  hombre  de  la  coraza  blanca  que  venía  hacia  ellos


            seguido por los pajes reales no era otro que Alejandro.

            A Demetrio le empezaron a temblequear las piernas y

            estuvo a punto de dejarse caer de rodillas otra vez, pero


            recordó haber oído que allí en Italia el rey no quería

            que  a  nadie  se  le  ocurriera  rendirle  el  ritual  de  la

            prosternación.



                  Era la primera vez que veía a Alejandro tan de cerca.

            A su alrededor todo parecía más brillante y diáfano,

            como si de su persona emanara un vapor luminoso; tal




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