Page 163 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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Filipo era quien les había traído a Parmenión, un
hombre de guerra, infinitamente mejor general que el
barbilindo de Alejandro.
Mientras rumiaba todas esas ofensas presentes y
pasadas, Meleagro llegó a un pequeño claro. Allí el
suelo era más irregular y crecían unos cuantos árboles,
por lo que los mercenarios habían dejado una especie
de pequeña ágora e incluso habían erigido un altar.
Algo más allá de la tosca estatua de Atenea se veía a un
soldado sentado, y el muy insolente, en vez de
levantarse para pasar la revista, se dedicaba a escarbar
o dibujar algo en el suelo. A su lado había dos hoplitas
firmes, uno bastante gordo y otro un muchacho muy
apuesto que en ese mismo momento estaba tirando del
brazo del hombre sentado para obligarle a levantarse.
—¡No te muevas, soldado! —gritó dirigiéndose a
este último—. ¡Déjale donde está!
Demetrio tragó saliva, oliéndose lo peor. Otros
oficiales no le habrían dado demasiada importancia a
la excentricidad de su hermano, ni siquiera el propio
Filarco. Pero el jefe del batallón se volvía servil como
un perro hambriento delante de Meleagro, y para
colmo éste venía bamboleándose a los lados, y todo el
mundo sabía que el macedonio era aún más peligroso
cuando estaba borracho o resacoso.
Miró a la izquierda sin apenas torcer el cuello.
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