Page 162 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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—Tampoco te excedas, mi querido Filarco. El vino
es lo último que se les puede quitar a los soldados.
Córtales una mano o incluso el miembro, pero no los
dejes secos si no quieres tener un motín.
Todos los soldados estaban firmes delante de las
tiendas de campaña. Algunos llevaban la coraza
puesta, otros sólo las túnicas, y los había que se tapaban
las vergüenzas con el yelmo, sin duda por andar
fornicando a deshora. Meleagro pasó junto a unas
lanzas puestas en astillero que no estaban a la distancia
reglamentaria y las derribó de una patada.
—Tres días de arresto para esa tienda, Filarco —
dijo.
«Hijo de puta macedonio», oyó decir a uno de ellos,
pero sonrió y se hizo el sordo. Los demás griegos los
odiaban porque hasta una generación antes eran el
hazmerreír de la Hélade, y Macedonia servía de tierra
de paso para todo aquel que quisiera atravesarla y de
paso llevarse sus mujeres, sus ovejas y, peor aún, sus
vacas. Pero todo había cambiado gracias a Filipo, el
gran hombre del que ahora casi nadie se acordaba, el
verdadero artífice de la grandeza de los macedonios. Él
había inventado las sarisas y se las había dado a los
montañeses, él les había enseñado a combatir como
orgullosos hoplitas en igualdad de condiciones con los
engreídos criadores de caballos de las tierras bajas.
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