Page 165 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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las letras ya marcadas.
Harto de tanta insolencia, Meleagro pisoteó los
dibujos, y como la arena ya estaba casi seca borró buena
parte de las líneas. Por los perros de Hécate, no, pensó
Demetrio, y se volvió hacia su hermano para
contenerlo, pero ya era demasiado tarde. Euctemón se
levantó por fin, pero fue para lanzarse contra Meleagro
y agarrarle del cuello. Demetrio le cogió de los pelos y
tiró de él para que soltara al general, pero cuando su
hermano hacía presa con aquellos dedos de hierro era
como un perro de caza con un trozo de carne entre las
mandíbulas.
—¡Suéltalo, Euctemón! ¡Suéltalo ahora mismo!
El oído derecho de Demetrio restalló. Un segundo
después vino el dolor, y se desplomó de rodillas en el
suelo. Al mirar hacia la derecha vio que uno de los hijos
de Meleagro había vuelto la punta de la lanza contra él.
Ni te muevas, decían sus ojos. Otro macedonio golpeó
con el astil de su arma en la cabeza de Euctemón, pero
éste no se inmutó y siguió apretando el cuello de
Meleagro, que estaba empezando a amoratarse. El
soldado golpeó de nuevo, esta vez con tal brutalidad
que partió la vara de fresno en dos. Euctemón soltó su
presa por fin y cayó de bruces. Al ver que el soldado
levantaba la lanza rota para clavarle el regatón de
bronce, Demetrio se arrojó sobre su hermano para
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