Page 169 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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al rey a los ojos.
—Son cálculos sobre la órbita del cometa Ícaro. No
se mueve en una esfera de cristal.
—Maldita sea, Alejandro —protestó Meleagro—.
¿Vas a dejar que ese maldito loco siga haciendo
garabatos en el suelo después de agredir a su general?
Alejandro se volvió hacia Meleagro con cara de
hastío. Demetrio pensó que su gesto era el de alguien
que podía aplastar a un mosquito de un sopapo, pero
que prefería no hacerlo por el momento.
—Sigue con tu ronda, Meleagro. O ponte a beber
vino ya. Lo que tú prefieras.
Meleagro se puso colorado y apretó los dientes,
pero se dio la vuelta sin decir nada y se marchó. Filarco
se quedó un momento cerca de Alejandro, pero al ver
que el rey no le hacía ni caso mientras que Meleagro le
silbaba, se fue con este último, no sin antes susurrarle
a Demetrio:
—Tu hermano y tú ya podéis ir haciendo
testamento. Yo mismo haré que os ensarten a lanzazos
al caer la noche.
Mientras, Euctemón estaba recogiendo su tintero,
que se había volcado en el suelo. Al ver que no le
quedaba tinta, se abrazó a sí mismo y empezó a
balancearse murmurando:
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