Page 170 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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—Mala suerte. Mala suerte.
—¿Que le pasa? —preguntó Alejandro.
—Cuando ha repasado sus cálculos suficientes
veces le gusta pasarlos a tinta. Nunca se le olvida nada,
pero si no lo hace se pone muy nervioso.
Alejandro asintió con una mirada de comprensión.
Demetrio recordó que el rey tenía un hermanastro
llamado Arrideo. Como casi todo el mundo en el
ejército, el joven ateniense había tenido ocasión de
verlo en los desfiles y paradas, y sabía que era un pobre
retrasado babeante cuya condición sólo había
empeorado con el tiempo. Pero Alejandro le trataba
con gran consideración y lo llevaba a todas partes
desde hacía años.
—Puedes venir conmigo, Euctemón —dijo
Alejandro, aunque nadie le había dicho su nombre, al
menos que supiera Demetrio—. Tengo rollos de papiro
de Sais y tinta indeleble. Vamos.
Euctemón seguía moviendo la cabeza y frotándose
las manos, pero al menos se incorporó.
—Por cierto, Euctemón, ¿qué dicen tus cálculos
sobre Ícaro? —preguntó Alejandro.
Euctemón hizo un gesto extraño, encogiendo el
hombro izquierdo y torciendo la comisura de la boca,
como si quisiera quitarle importancia a sus palabras.
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