Page 167 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
P. 167
vez por esa aura que lo rodeaba pensó que era un
hombre muy apuesto y de proporciones tan
armoniosas que de ningún modo parecía tan bajo como
decían sus detractores.
—¿Qué ha pasado aquí?
—Nada que no pueda solucionar yo mismo,
Alejandro —respondió Meleagro. A Demetrio le
escandalizó que se atreviera a hablar al rey en un tono
tan áspero. Pero Alejandro puso la mano derecha bajo
la barbilla de Meleagro y le obligó a subirla. Las huellas
de Euctemón se habían quedado marcadas en rojo
sobre su piel.
—Ya veo que te las arreglas tú solo —dijo el rey con
una sonrisa de buen humor.
Demetrio miró de reojo a su lado y reprimió un
gemido de consternación. Euctemón se había
arrodillado de nuevo y estaba recomponiendo sus
cálculos. Un goterón de sangre le cayó sobre el dorso
de la mano, pero él se limitó a limpiársela en la túnica
y a seguir con lo suyo.
—Ese maldito loco me ha atacado. ¡Le voy a
arrancar la carne a tajadas y le voy a echar sal dentro!
—dijo Meleagro.
—Por él he venido —repuso Alejandro—. Me
dijeron que había una especie de Sócrates en este
167

