Page 172 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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EL MONTE CIRCEO


                  Aunque el panorama desde lo alto era espléndido,

            Néstor  pensó  que  aún  sería  mucho  mejor  si  aquel


            maldito viento dejara de soplar y enturbiar el cielo con

            la  calima  que  traía  de  los  desiertos  líbicos.  Hacia  el


            sudeste se abría una amplia bahía, interrumpida por

            una estribación montañosa que descendía casi hasta el

            mar.  Podrían  haber  recalado  en  aquel  lugar,  pero


            Hermolao había preferido avanzar más y poner como

            reparo  contra  el  viento  el  Circeo,  el  mismo

            promontorio  sobre  cuya  cresta  se  encontraba  ahora


            mismo Néstor. Al norte había una llanura que se perdía

            hasta fundirse con la sombra sucia de las montañas, los

            omnipresentes  Apeninos  que  recorrían  toda  Italia


            como la columna vertebral de una gran bestia. Buena

            parte del llano estaba sembrada de lagunas naturales

            que al levantarse el sol brillaban como espejos blancos.


            Aquellos  reflejos  tan  llamativos  eran  en  realidad

            trampas mortales, pues se encontraban al borde de un


            paraje insano y traicionero conocido como las Ciénagas

            Pontinas.


                  El viento trataba de llevarse el sombrero de Néstor,


            que volvió a ajustarse el barbuquejo bajo el mentón, y

            también  hacía  flamear  con  fuerza  el  banderín  de

            señales.  Sófocles  había  enviado  a  un  pelotón  de


            soldados  con  Néstor,  no  para  que  disfrutaran  de  las



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