Page 174 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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las  primeras,  las  olas  creaban  interminables  playas

            rectas con bancos de arena que levantaban una barrera


            e  impedían  que  los  ríos,  a  no  ser  que  fuesen  muy

            caudalosos,  desaguasen  en  el  mar,  lo  que  a  su  vez

            originaba zonas pantanosas, estancadas e insalubres y


            hacía difícil a los navegantes encontrar agua dulce. En

            cambio, en las tierras duras se formaban entrantes y


            ensenadas que ofrecían buenos abrigos para los barcos

            y  se  encontraba  abundante  agua  potable  en  las

            desembocaduras de los ríos.


                  No,  aquél  no  era  un  buen  sitio.  Pero  no  habían


            tenido más remedio que atracar allí. Néstor bajó la vista

            al mismo pie del Circeo; a poca distancia de la playa

            estaba anclada la Anfítrite. Tras correr la tormenta toda


            la  noche  habían  dejado  atrás  al  resto  de  la  flota,  e

            ignoraban  si  los  demás  barcos  se  habían  perdido  o


            habían  conseguido  ganar  la  costa.  Los  que  tenían

            experiencia calculaban, por la fuerza del temporal, que

            de los sesenta barcos podían haberse salvado tal vez la


            mitad.


                  En ese momento, Néstor vio a los romanos.


                  El día anterior, al advertir que el cielo clareaba tras

            los cristales de mica, Néstor se había librado por fin del


            abrazo  de  Clea.  La  muchacha  se  había  quedado

            dormida de puro miedo y agotamiento. Néstor salió al

            pasillo, entró en su propio camarote y usó la letrina,



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