Page 173 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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vistas,  sino  para  que  dieran  la  alarma  si  divisaban

            enemigos. Se hallaban a bastante altura sobre el mar,


            tal  vez  mil  codos.  Hermolao  aseguraba  que  esa  roca

            solitaria,  separada  de  las  montañas  por  más  de  cien

            estadios de llanura, había sido en el pasado la isla de


            Eea, donde moraba la hechicera Circe, la misma que se

            dedicaba a convertir a los hombres en cerdos hasta que


            se prendó del astuto Ulises.


                  Desde sus crestas era evidente que aquel monte no

            era una isla; pero se lo podía parecer a quienes, como

            ellos,  llegaban  desde  el  mar.  Para  Hermolao,  la


            explicación era que los vientos habían arrastrado Eea

            hasta  hacerla  chocar  contra  la  costa  de  Italia.  ¿No  le

            había ocurrido lo mismo a Delos, la isla que viajaba a


            la deriva sobre las olas hasta que Apolo la rijo en el

            centro de las Cícladas? Pero a Néstor no le convencía


            esa hipótesis. Era evidente que aquel peñasco calcáreo

            no  estaba  apoyado  en  la  costa  como  un  pecio  a  la

            deriva,  sino  clavado  en  el  terreno  por  profundos


            raigones de roca.


                  Se volvió hacia el noroeste, por donde había subido.

            Bajo la ladera más escarpada del monte se extendía una


            larga playa, separada de los pantanos por una línea de

            dunas.  Una  costa  aparentemente  inofensiva,  pero

            hostil.  Alceo,  el  tercer  piloto,  le  había  explicado  la


            diferencia entre las tierras «blandas» y las «duras». En



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