Page 175 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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pues le daba pudor utilizar los lujosos baños del
aposento de Clea. La puerta de Boeto se había abierto
con los vaivenes de la nave. Se asomó; su criado estaba
tirado en el suelo, con la cabeza entre las manos y
quejándose con una especie de rítmico ulular.
Al comprobar que los movimientos del barco eran
menos bruscos, Néstor se animó a subir a cubierta. En
la popa encontró a Alceo, con cara de agotamiento,
atado con correas a la caña que manejaba los remos
maestros de estribor. Junto a él estaba Hermolao,
oteando el horizonte este. Era obvio que el capitán
tampoco había dormido, pero se le veía más entero.
Sólo llevaban la vela de antemón, con la verga
bajada hacia la mitad del palo. Mostraba algunos
desgarrones, pero había aguantado bien y seguía
henchida por el viento. El amanecer era gris y las olas
altas, aunque más de mar de fondo que de temporal, y
ya no rompían con tanta fuerza en las crestas. Néstor se
asomó sobre la aleta de popa; siguiendo la estela de la
nave se veían dos sogas largas tendidas sobre las olas.
Aquellas estachas servían de freno al barco y le
ayudaban a mantener el rumbo.
—Tienes buen aspecto, señor médico —le dijo Alceo
con una sonrisa irónica. —No hay nada como dormir
acunado.
Poco después apareció Sófocles. Por el color de sus
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