Page 178 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
P. 178

protegerlas de la tormenta. Tras cuatro andanadas de

            piedras y flechas, los nativos huyeron despavoridos.


                  Los hoplitas fueron los primeros en desembarcar en


            las lanchas para establecer un cordón en la playa. Una

            vez  en  la  orilla,  comprobaron  que  las  máquinas  de


            guerra habían matado a ocho hombres. Tres de ellos

            habían quedado ensartados por la misma flecha, lo que

            dio  pie  a  varios  chistes  zafios.  Sófocles  envió  una


            partida  de  exploración.  A  poca  distancia  de  la  orilla

            encontraron una albufera separada del Circeo por una

            estrecha  lengua  de  tierra,  y  más  allá  una  pequeña


            aldea. En ella sólo quedaban unas cuantas cabras, de

            las  que  se  incautaron,  y  una  anciana  que  se  había

            negado a huir con los demás y a la que dejaron en paz.



                  —Alertarán  a  los  romanos  —dijo  Hermolao—.

            Vendrán, más temprano que tarde. Esos cabrones son

            rápidos, los conozco.



                  Sófocles envió nuevas patrullas por si no quedaba

            otro remedio que volver a pie hacia el sur y Hermolao

            se dedicó a inspeccionar la nave. Las noticias no fueron


            buenas.  Los  exploradores  volvieron  contando  que  al

            alejarse del promontorio se llegaba a un vasto pantano

            plagado de mosquitos; los juncos y carrizos eran tan


            altos que tapaban la vista, y convertían aquello en un

            laberinto de marismas y cañaverales. Por otra parte, la

            Anfítrite tenía cuadernas desplazadas en ambos cascos,



                                                              178
   173   174   175   176   177   178   179   180   181   182   183