Page 180 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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Mejor, se dijo él. Sabía reconocer el peligro cuando
lo veía; y por magnánimo que fuese Alejandro, su
generosidad no llegaba a tanto.
Al día siguiente, apenas amaneció, Néstor había
decidido hacer su excursión al Circeo. A nadie le hacía
mucha gracia que se apartara del campamento, mas
por otra parte no se ponían de acuerdo en quién tenía
la máxima autoridad para prohibírselo: Calias insistía
en que era el jefe de la expedición, Hermolao aseguraba
que como capitán de la nave mandaba él y Sófocles, por
su parte, sostenía que se hallaban en territorio enemigo
y por tanto en situación de guerra, con lo que él debía
estar al mando. Mientras debatían, Néstor había
tomado su bastón de caminante y su sombrero de paja
y había emprendido la subida por un estrecho sendero
que recorría en zigzag la frondosa y escarpada ladera
norte. Entonces Sófocles había caído en la cuenta de
que les convenía tener vigías sobre el promontorio y
había enviado tras él a ocho soldados de la primera
compañía.
Iras barrer con la vista todo el panorama que se le
ofrecía desde la cima, Néstor volvió a fijarse en unas
piedras alineadas en la falda este, que era menos
abrupta y descendía en un suave declive hacia el mar.
Tal vez se tratara de un simple cercado, pero por su
situación habría apostado que se trataba de los restos
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