Page 23 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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Pérdicas notó un sabor a bellota amarga y escupió.
—¿Qué demonios...?
Roxana se rió mientras le quitaba la bolsa y volvía a
anudarla.
—Tranquilo, era una pizca. Se necesita mayor
cantidad que ésa para matar a un hombre tan atlético
como tú —añadió, acariciándole el pectoral izquierdo
por debajo de la cicatriz que le había dejado una flecha
en Gaugamela—. En la India utilizan las semillas de
esta planta en porciones muy pequeñas para mejorar el
apetito y el deseo sexual. Yo misma he comprobado
cuál es la dosis mortal.
—¿Ya has envenenado a alguien? —preguntó
Pérdicas, mirándola con cierta repugnancia.
—Tenía que verificarlo por mí misma antes de
actuar —contestó ella con una franqueza tan brutal que
casi parecía inocente—. Lo hice con una mujer del
harén de Susa, antes de las bodas reales.
Roxana le contó que esa mujer había cometido el
delito de criticar sus modales en público llamándola
«plebeya montañesa». Pero, sobre todo, había tenido la
mala suerte de ser necesaria para su experimento y
prescindible para cualquier otro propósito. Poco
después de comerse el pastelillo envenenado, la
concubina (si Roxana se acordaba del nombre, no se
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