Page 24 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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molestó en decirlo) empezó a encontrarse mal. Cuando

            avisaron al médico del harén, la mujer se quejó de un


            hormigueo  que  le  arrancaba  de  la  nuca  y  le  recorría

            todo el cuerpo, y al cabo de un rato se puso a tiritar

            presa de un pánico cuya razón era incapaz de explicar.


            Después  la  tiritona  se  convirtió  en  violentas

            convulsiones, y la mujer empezó a chillar diciendo que


            sentía  unos  pinchazos  terribles  en  el  abdomen  y  el

            estómago.  Entre  los  espasmos  su  cuerpo  se  relajaba,

            pero  esos  períodos  eran  cada  vez  más  breves,  y  el


            sufrimiento, mayor. Su agonía fue larga, entre fiebres,

            sudores,  sacudidas  incontrolables  y  una  sed  que  no

            podía  calmar  porque  tenía  la  garganta  cerrada  y  los


            dientes tan apretados que ya le era imposible hablar.

            Poco  a  poco  su  cuerpo  se  fue  retorciendo,  las

            mandíbulas se le encajaron y el rostro se le ennegreció.


            Cuando murió, tras dos días de padecimientos, tenía el

            rostro  contraído  en  un  gesto  espantoso  y  el  cuerpo


            curvado como un puente.


                  —¿Y  tú  lo  viste  todo?  —preguntó  Pérdicas,

            escandalizado del placer con que Roxana le refería los


            detalles.


                  —Como única mujer legítima de Alejandro, puedo

            visitar todos los rincones del harén cada vez que me

            place.


                  —Es igual que el tétanos —dijo Pérdicas, que había



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