Page 207 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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En ese momento se oyó un grito de batalla, y al
levantar la cabeza vieron que entre las dunas aparecían
los jinetes romanos blandiendo las lanzas sobre sus
cabezas. Mientras observaban la jugada de Hermolao y
le maldecían, los guardias de Calias se habían
dispersado y ahora ya no tenían tiempo para
reagruparse y oponer a la caballería una pared
compacta de escudos y lanzas. Algunos salieron al
encuentro de los romanos y otros huyeron playa abajo.
El escuadrón de caballería se dividió automáticamente
en tres pelotones. Uno de ellos se dedicó a perseguir a
los fugitivos, a los que alancearon por la espalda sin
misericordia como si cazaran liebres. El segundo
arrolló a los soldados que pretendieron salirles al paso,
y el tercero cabalgó contra el grupo de civiles. Callas
salió corriendo hacia el agua, como si pensase
encontrar una vía de escape milagrosa en brazos de
alguna nereida. Un venablo silbó por el aire y se clavó
en sus riñones con un impacto sordo. El cuñado de
Agatocles se retorció, cayó de espaldas, partió el astil
con su peso y ya no se movió más.
—¡Haced lo mismo que yo! —gritó Néstor.
Quitándose el sombrero para que le vieran bien la
cara, se tiró de rodillas al suelo y se puso las manos tras
la nuca. Los demás siguieron su ejemplo, pero el
secretario de Callas levantó los brazos en cruz.
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