Page 202 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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Consultó la ampolleta del reloj, al que había dado la

            vuelta  al  empezar  los  primeros  escarceos  de  la


            infantería ligera. Había pasado poco más de un cuarto

            de  hora.  Los  choques  directos  no  solían  durar  más,

            pues por mucho que Homero celebrase las inacabables


            matanzas  de  Aquiles  junto  a  las  aguas  del  río

            Escamandro, el esfuerzo de sostener el escudo en alto


            y  golpear  una  y  otra  vez  con  las  armas  no  se  podía

            mantener mucho tiempo.


                  Sófocles volvió a ponerse delante de sus hombres y

            les arengó de nuevo, ahora con más palabrotas y menos


            retórica. Los macedonios recompusieron su formación;

            a  cambio  de  ofrecer  un  frente  recto  al  enemigo,  las

            últimas  filas  presentaban  algunos  huecos.  Entre  los


            romanos               se        adelantaron                 algunos             hombres,

            seguramente capitanes, y exhortaron a sus hombres a


            la  vez  que  insultaban  a  los  griegos.  Uno  de  ellos  se

            permitió  el  lujo  de  orinar  mirando  hacia  la  falange

            como  si  fuera  un  perro  marcando  su  territorio.


            Mientras,  los  soldados  de  la  reserva  y  los  de  la

            infantería  ligera  pasaban  más  jabalinas  a  los


            legionarios que habían gastado las suyas en la liza.


                  Antes  de  lo  que  Néstor  se  esperaba,  los  romanos

            volvieron a la carga y lanzaron de nuevo los venablos.

            Esta vez el resultado de su andanada fue aún más letal,


            porque  muchos  macedonios  habían  arrojado  sus



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