Page 208 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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—¡Bájalos! —le dijo Néstor—. No hagáis ningún
movimiento que pueda tentarles. Miradles a la cara,
pero con la cabeza gacha.
Los jinetes les rodearon, y algunos empezaron a
tocarles con las conteras de las lanzas para hacerles
levantar la cabeza, sobre todo a las esclavas. Néstor les
observó de reojo. No llevaban armamento pesado,
salvo uno de ellos que por la cimera debía ser el jefe del
pelotón y llevaba una loriga de cota de malla hasta los
muslos.
Si hubiéramos tenido aquí a un escuadrón de
Compañeros..., se lamentó.
Los soldados de infantería ligera llegaron poco
después. Como le había parecido ver, llevaban pieles
de lobo cuyas fauces les cubrían la frente, y algunos de
ellos tenían pinturas de guerra en el rostro y los brazos.
Jóvenes, ágiles e impacientes, empezaron a atar las
manos de los prisioneros y a despojarles de todos los
objetos de valor que tenían. Mientras, el jefe de los
jinetes desmontó y se acercó a Clea, que en contra de
las instrucciones de Néstor se había quedado de pie.
«Arrodíllate, insensata», susurró el médico entre
dientes, pero no dejó de sentirse admirado por el valor
de la muchacha.
—Me felicem, quam uoloptariam puellulam
habemos! —dijo el romano, acariciando la barbilla de
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