Page 203 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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escudos. Al ver unos cuantos tirados en tierra de nadie

            Néstor comprendió el motivo: los proyectiles enemigos


            los habían atravesado de parte a parte y ahora, con una

            punta de dos palmos asomando por la cara interior, era

            imposible  manejar  los  escudos  sin  que  el  dueño  se


            hiriera con el hierro del venablo. En la primera y en la

            segunda  fila  cayeron  muchos  macedonios,  y  los


            romanos  aprovecharon  ese  momento  para  arremeter

            de nuevo con las espadas desenvainadas.


                  —Qué  valientes  son  esos  bastardos  —mascullo

            Boeto.


                  El combate volvió a trabarse entre gritos y gruñidos.


            El muro de sarisas mostraba ya tantos huecos que los

            romanos  se  colaban  sin  dificultad  por  ellos.  Los


            macedonios  empezaron  a  perder  posiciones  palmo  a

            palmo. Los hombres de las últimas filas apenas tenían

            sitio para bajar las picas; si querían hacerlo, tenían que


            retroceder,  pero  cuando  intentaban  afianzar  su

            posición sus propios compañeros volvían a recular y


            les hacían tropezar, hasta que llegó el momento en que

            muchos decidieron tirar las sarisas y desenvainar las

            espadas.


                  —Ares no nos sonríe —dijo Boeto.


                  —Tú lo has dicho.



                  La formación en bloque de los macedonios se estaba




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