Page 211 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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—¿Es cierto eso?
—Lo es —contestó Clea, mirándole a la cara, ya sin
agachar los ojos.
El romano se agachó para recoger la capa de Clea y
él mismo se la colocó sobre los hombres. —Te ruego
que disculpes la torpeza de mi subordinado. —Su
griego era perfecto, con unas aspiraciones que no
habrían desentonado en el ágora de Atenas—. Los
romanos —añadió, mirando al jefe del pelotón, que
debía entender algo de griego porque se había
sonrojado— sabemos ser feroces en la batalla, pero
caballerosos en la victoria. Como tribuno de la Segunda
Legión, a partir de este momento estáis a mi cargo. Por
favor, considérame tu anfitrión a partir de este
momento, noble Agatoclea.
—¿Y cómo debo llamar a mi anfitrión? —respondió
la joven en tono ligero, como si se encontrara en el
palacio de su padre en Siracusa y no en los aledaños de
un campo de batalla. El tribuno abrió los brazos para
que un subordinado volviera a ponerle la vistosa capa
blanca que se había quitado para el combate. Tras
abrochársela y echársela sobre el hombro izquierdo con
gesto elegante, contestó:
—Mi nombre es Gayo, y pertenezco a la familia Julia
y a la rama de los Césares.
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