Page 28 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
P. 28
hablaba en serio.
Pérdicas y su escolta cruzaron el Éufrates por el
pasaje subterráneo construido por Nabucodonosor y,
tras sortear a los mendigos que dormían entre charcos
de orines, salieron junto a la muralla que rodeaba el
recinto del templo de Marduk. De allí giraron a la
izquierda para volver al palacio. La brisa que soplaba
antes se había encalmado y ahora el aire se pegaba a la
piel como lana mojada en agua caliente; del río subía
olor a cieno y juncos podridos. La noche estaba
entrada, pero aún quedaba tráfico. Las carretas que
durante el día no podían maniobrar por las calles
atestadas llevaban ahora sus productos a los comercios
del centro, acompañadas por grupos de tres o cuatro
hombres armados con porras o puñales; en cambio, las
que acarreaban los abonos humanos iban solas: a ésas,
que se olían de lejos, no las asaltaba nadie.
Roxana había salido antes que él, acompañada tan
sólo por su esclavo sordomudo. La casa donde se había
citado la pareja pertenecía a un egipcio que traficaba
con marfil y pasaba fuera la mayor parte del año; su
ecónomo se la había alquilado a Epiboas, el oficial que
ahora mismo caminaba junto a Pérdicas. El nombre de
éste no constaba en ninguna parte.
Aun así me acabarán pillando, se dijo. Esa loba
bactriana le tenía bien cogido. Conociendo a Alejandro,
28

