Page 270 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
P. 270

hasta  penetrar  en  el  mar  más  de  doscientos  estadios

            formando el escarpado promontorio de las Sirenusas.


            Al otro lado, oculta de la vista por aquellos picos, se

            encontraba  Campania,  la  presa  en  disputa  entre

            macedonios y romanos. En el terrado ardían ya varias


            antorchas, pues la noche empezaba a caer. Cerca de la

            balaustrada que se asomaba al este habían dispuesto


            una  gran  mesa  de  madera  a  la  que  estaba  sentado

            Dicearco.  El  jefe  de  cartografía  de  Alejandro  era  un

            hombre  menudo  y  delgado  de  unos  cuarenta  años,


            calvo  y  con  una  barba  muy  negra  cruzada  por  dos

            mechones  blancos.  Al  ver  al  rey  se  levantó  de  su

            asiento,  pero  Alejandro  le  hizo  una  seña  para  que


            siguiera con sus mapas.


                  —Ha habido suerte —dijo el cartógrafo—. Va a ser

            una  noche  inmejorable  para  la  observación.  Así  se


            demostrará que ese lunático está equivocado.


                  Sentado  en  un  rincón  de  la  azotea,  Peucestas,  el

            hercúleo  general  de  los  hipaspistas,  hablaba  con  un


            hombre cubierto con manto y capucha a pesar del calor.

            Aunque no se le veía el rostro, Lisanias lo reconoció por

            la ropa. Era Kalba, el astrólogo caldeo que había venido


            de Babilonia enviado por el gran sacerdote Belumasar.

            A escondidas, Lisanias hizo un gesto para ahuyentar el

            mal, pues Kalba le producía escalofríos.


                  Poco  después  llegó  Pérdicas.  Alejandro  y  él  se



                                                              270
   265   266   267   268   269   270   271   272   273   274   275