Page 302 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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un par de perros se acercaron ladrando, aunque no se

            atrevieron a saltar el bardal. En aquella zona era difícil


            encontrar territorio silvestre. Conforme se acercaban a

            la ciudad, Néstor había observado que los campos se

            veían cada vez más poblados y cuidados. Apenas había


            una parcela sin desaprovechar, y aunque la recolección

            del  grano  había  terminado  hacía  casi  un  mes,  los


            campesinos seguían con otras tareas. Le había llamado

            la  atención  en  particular  ver  a  muchos  de  ellos

            excavando  el  terreno  para  descubrir  amplios  túneles


            abovedados que corrían por debajo del suelo. En Persia

            había          encontrado               algo         parecido,             los       qanats

            subterráneos que bajaban de las montañas para llevar


            agua a las sedientas llanuras. Pero en los alrededores

            de  Roma,  según  le  había  explicado  Gayo,  aquellos

            túneles no servían para traer agua sino para llevársela,


            y  cada  pocos  años  había  que  limpiarlos  de  barro,

            piedras  y  ramas  para  que  no  se  atrancaran.  En  el


            pasado todos aquellos parajes, incluidos los valles que

            corrían  entre  las  siete  colinas  de  la  ciudad,  eran  tan

            húmedos  e  insalubres  como  las  Ciénagas  Pontinas.


            Sólo a fuerza de mucho trabajo y de constantes obras

            de  mantenimiento  habían  conseguido  drenarlos.  La


            tierra allí no era tan fértil como Alejandro había hecho

            creer a sus hombres; según él, casi bastaba clavar una

            azada en el suelo para que manara un torrente de leche





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