Page 398 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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—No —reconoció Gavanes.
—Así es mucho más fácil ahuyentar a los enemigos.
Pero no es lo mismo cuando ellos se plantan hombro
contra hombro, clavan las conteras de sus lanzas en el
suelo y dirigen sus puntas hacia el hocico de tu caballo.
—Los romanos no son macedonios. En cuanto nos
vean cargar contra ellos, seguro que huyen con el rabo
entre las piernas.
Pérdicas comprendía que hoy su sobrino estaba
eufórico. Era la primera vez que cabalgaba en una
unidad tan numerosa, pues al final del entrenamiento
Pérdicas había reunido cinco escuadrones que al
galopar habían dibujado en la llanura los aguzados
colmillos de una bestia gigante. Era humano que
alguien que formaba parte de esa marea de músculos,
hierro y bronce llegara a creerse invencible.
—Yo mismo he tenido que aguantar a pie firme las
embestidas de la caballería enemiga —dijo Pérdicas—.
Es cierto que cuando ves cómo se acercan esos
centauros blindados te tiemblan las piernas. Montado
a caballo, la cabeza de un jinete está a más de un codo
por encima de la tuya, y a ti te parece un gigante.
Además, un corcel de caballería pesada con su jinete y
sus armas pesa cerca de treinta talentos, casi diez veces
más que un soldado de infantería.
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