Page 443 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
P. 443

con  ese  estupendo  certamen  de  esgrima!  —se  burló

            Meleagro.


                  —Hablad  por  vosotros  mismos  y  por  vuestros


            hombres  —dijo  Peucestas—.  Mis  hipaspistas  están

            dispuestos a tomar Roma ellos solos.


                  —¡Pues entonces tómala tú con tus semidioses! —


            repuso Meleagro.


                  Los  generales  siguieron  con  aquella  discusión

            estéril, sin que nadie se decidiera a abandonar la tienda

            el primero por no exponerse a las críticas de los demás.


            Lo extraño era que Alejandro se hubiera marchado así.

            No era normal que el rey permitiera que una reunión


            como ésa siguiese adelante a sus espaldas. Si con tres

            soldados  bastaba  para  organizar  un  corrillo  que

            indefectiblemente murmuraba contra sus jefes, dejar a


            nueve generales juntos era casi incitarlos a la sedición.


                  Tal vez Alejandro jugaba con su vanidad y con su

            envidia. Pérdicas sabía que, a la hora de la verdad, los


            generales podían ser mucho más irresponsables que los

            soldados, y tan celosos unos de otros como Afrodita,

            Atenea  y  Hera  en  el  juicio  por  la  manzana  de  oro.


            Alejandro  incentivaba  esos  celos  para  evitar  que  se

            unieran  todos  contra  él,  pero  incluso  los  mejores

            cálculos  y  las  maniobras  más  astutas  podían  fallar.


            Cuando los soldados ven debilidad en el oficial que los

            manda, se vuelven perezosos e insolentes, abandonan


                                                              443
   438   439   440   441   442   443   444   445   446   447   448