Page 456 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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—¿Debo tomarme eso como un halago o como una
reprimenda? —preguntó Crátero, y levantó el brazo
para olisquearse—. ¿Tanto se nota que apesto a macho
cabrío?
—No hay la menor ironía en mis palabras, viejo
amigo.
Alejandro le tomó del brazo y lo llevó hasta la mesa
que habían dejado instalada la noche de la observación.
Había una crátera de vino recién traído de la bodega y
mezclado con agua. El propio rey le sirvió una copa, le
puso al lado un cesto con una hogaza de pan blanco y
le acercó una bandeja con tajadas de cerdo salado,
lengua de vaca estofada y ensalada de pepino, berrera
y espárragos. Se sentaron en sendos taburetes,
mientras Crátero daba cuenta de la comida con la
voracidad de un cíclope. Era de la misma estatura que
Alejandro, pero tenía las espaldas el doble de anchas.
Sus brazos y sus piernas eran puro músculo, e incluso
el estómago, donde había acumulado una buena
cantidad de grasa con los años, estaba tan duro que no
había forma de cogerle un pellizco. A sus cincuenta
años aún conservaba todo el pelo y tenía una barba
negra y espesa rodeando una boca que, cuando se reía,
era tan grande y ruidosa como la de Caribdis, el
monstruo que absorbía y regurgitaba las aguas del mar
tres veces al día.
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