Page 455 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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grandes éxitos y acabar en un desastre por exceso de

            confianza. Además, Lisanias, no olvides que no estaba


            yo.


                  Se le veía inquieto, como si esperase a alguien que

            tardaba  en  aparecer.  Volvió  a  mirar  a  la  puerta  que


            daba al terrado mientras se frotaba las sienes. Llevaba

            todo  el  día  sufriendo  la  migraña  que  le  aquejaba

            últimamente  y,  aunque  no  se  lo  había  confesado  a


            Lisanias,  éste  sospechaba  que  en  plena  junta  con  los

            generales  había  perdido  la  visión  durante  unos

            instantes.


                  La escalera de madera que subía a la azotea rechinó,


            y  un  hombre  barbudo  y  corpulento  apareció  en  la

            puerta.


                  —¡Crátero!  —exclamó  Alejandro,  y  acudió  a


            saludar a su general.


                  Los dos hombres se abrazaron. Cuando Alejandro

            palmeó la espalda de Crátero, levantó tal nube de polvo


            de su capa que le entró un ataque de tos y se tuvo que

            apartar de él entre risas.


                  —¿Ves, Lisanias? Crátero es un soldado a la vieja

            usanza.  Después  de  cabalgar  quién  sabe  cuántos


            estadios  por  esos  senderos  de  Hermes,  se  presenta

            derecho ante su rey en lugar de bañarse y desprenderse


            del sudor y el polvo del camino.




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