Page 46 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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legación.


                  —No os dejéis engañar por las palabras de miel de

            la diplomacia —dijo Alejandro—. También los griegos


            y       macedonios                estuvimos               décadas            mandando

            embajadores  que  se  arrodillaban  en  la  corte  de  los


            persas, pero lo que hacían era espiar para nosotros y al

            volver  nos  hablaban  de  la  debilidad  de  los  reyes

            Aqueménidas. Fue su información lo que nos animó a


            cruzar  desde  Europa  para  derrotarles  con  nuestros

            ejércitos. Si nosotros nos apoltronamos y nos dejamos

            ablandar  por  estas  riquezas  —dijo,  señalando  los


            tapices  que  los  rodeaban,  las  lámparas  de  oro,  las

            mesas de mármol y marfil—, nos acabará pasando lo

            que  les  sucedió  a  los  persas,  y  antes  que  ellos  a  los


            babilonios y a los asirios, e incluso antes a los acadios.

            Es  un  ciclo  natural:  los  pueblos  llegan  a  su  auge,  se


            acomodan en él, se dejan hundir en la dulce y cómoda

            decadencia y se extinguen dejando tan sólo suntuosas

            ruinas. Pero es mi voluntad romper ese ciclo y cambiar


            nuestro  destino.  —¿Adónde  quieres  llegar?  —dijo

            Nearco; algo en su tono hizo sospechar a Lisanias que


            aquella pregunta la tenía ensayada con Alejandro.


                  —Yo digo que nos adelantemos a ellos. ¡Debemos

            volver nuestros ojos hacia Occidente! Antes de que esos

            bárbaros sean lo bastante numerosos para venir contra


            nosotros, llevemos a sus tierras la civilización griega y



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