Page 47 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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la estrella de Macedonia.


                  Lisanias  sintió  cómo  se  le  erizaba  el  vello  de  los

            antebrazos. ¡Ah, así pues las conquistas no se habían


            terminado y aún tendría la ocasión de cargar a lomos

            de su caballo Quirón con los Compañeros del Rey! Pero


            éstos  no  parecían  tan  convencidos,  a  juzgar  por  las

            rápidas miradas de consternación que cruzaron entre

            sí mientras Alejandro se bajaba del diván para pasear


            por el centro de la sala.


                  —¿Qué pasa entonces con la campaña de Arabia? —

            preguntó Meleagro—. ¿Tanta exhibición de barcos río

            arriba y río abajo un día sí y otro también es sólo una


            maniobra  de  distracción?  —No  critiques  lo  que  no

            entiendes —intervino Nearco—. Hay que asegurar la


            ruta entre el golfo Pérsico y el mar Eritreo y sembrar

            colonias en ella para unir todos los puntos del imperio.

            —Por  no  hablar  de  los  ingresos  que  obtendrás  tú


            cuando  Alejandro  te  otorgue  la  concesión  sobre  la

            mirra, el cinamomo y el nardo —dijo Meleagro.


                  Alejandro le miró con una chispa peligrosa en los


            ojos. Meleagro se tapó la boca y agachó la cabeza.


                  —Esa expedición —prosiguió el rey— forma parte

            de un plan más amplio. Pero lo que aquí se diga, aquí

            debe quedar.



                  Alejandro apuró su copa y pidió que se la llenaran




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