Page 43 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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—Ya estás otra vez con Egipto —dijo Meleagro—.
¡Eh, Alejandro, ten cuidado que no se corone faraón en
cuanto le des la espalda!
—Aunque no lo creas, Meleagro —respondió
Ptolomeo—, los demás podemos vivir sin escuchar el
sonido de tu voz.
—Ptolomeo tiene razón —dijo el rey, y todos se
callaron. Un segundo después añadió—: En parte.
Hasta ese momento, Alejandro sólo había
mantenido un par de conversaciones privadas con
Nearco que Lisanias no había alcanzado a escuchar.
Ahora habló en voz alta, y al hacerlo ladeó un poco la
cabeza en un gesto que, observó Lisanias, remedaban
algunos de los Compañeros; él mismo torció el cuello
casi sin querer, aunque sabía que no conseguiría esa
inimitable elegancia. Su tono era alto y su timbre
cristalino, y hablaba con el aplomo de quien sabe que
no necesita levantar la voz para que los demás guarden
silencio. No era sólo porque se trataba del rey. De él
irradiaba un aura indefinible que obligaba a atenderle;
todos los comensales habían vuelto hacia él el eje de sus
cuerpos, o al menos sus cabezas, y hasta las camareras
se habían parado un instante y las flautistas habían
congelado los dedos sobre los asilos.
—Sí, Ptolomeo: Egipto será la solución. Mas sólo un
tiempo. Es verdad que de momento brinda dos y hasta
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