Page 51 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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grueso  del  ejército  persa  mientras  Alejandro  y  la

            caballería  de  los  Compañeros  asestaban  el  golpe


            definitivo en el corazón del enemigo y ponían en fuga

            al rey Darío. Los hombres de Pérdicas, armados de las

            aparatosas  picas,  habían  mantenido  el  terreno


            embestida  tras  embestida,  incluso  cuando  los  persas

            enviaron  contra  ellos  oleadas  de  carros  provistos  de


            hoces de acero capaces de partir a un hombre por la

            mitad.  Había  sido  una  batalla  de  mil  demonios,

            Pérdicas había perdido a muchos hombres, muertos o


            mutilados, y a él mismo le habían clavado una flecha

            en el pecho; y, sin embargo, todo lo que recordaban las

            crónicas era la gloriosa carga de la caballería conducida


            por Alejandro y su difunto caballo Bucéfalo.


                  Pero  ahora  el  propio  Pérdicas  era  el  jefe  de  la

            caballería de los Compañeros, el sucesor de Hefestión.


            Si  combatían  contra  los  romanos,  sería  él  quien

            disfrutaría de la embriaguez de la carga, la sensación

            más gloriosa que podía experimentar un guerrero, en


            vez de esperar pie en tierra tragándose el polvo que

            levantaban los cascos de los caballos ajenos.


                  Pérdicas  meneó  la  cabeza  y  se  apoyó  la  copa  de


            plata en la frente para refrescar la cabeza y las ideas.

            No, no podía caer otra vez en la trampa de Alejandro.

            Si se les ocurría viajar tan lejos al oeste, el imperio que


            habían  conquistado  derramando  sangre  y  sudor



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