Page 462 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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fuego lento sobre las brasas —dijo en dialecto
macedonio, como hacía cuando se enojaba de veras—.
A un traidor puedo incluso perdonarlo, pero a un
mentiroso jamás. Dime, Crátero, ¿cuándo le he tenido
yo miedo a la muerte?
—Nunca, Alejandro.
Lisanias pensó que no era del todo cierto. Alejandro
soñaba con una muerte heroica, rompiendo las líneas
enemigas a lomos de Amauro o batiéndose en duelo
singular con algún campeón digno de él. Pero sentía
pavor por la enfermedad, y sobre todo por la miseria,
la suciedad y la fetidez que la acompañaban. Ahora
estaba obsesionado con que sus dolores de cabeza y los
ataques de ceguera momentánea significaban que un
mal oscuro y mortífero lo devoraba por dentro.
Lisanias había dormido en su alcoba la noche anterior
y había oído cómo en sueños pronunciaba hasta tres
veces el nombre de Néstor.
—Pero ¿es verdad que estás enfermo? —preguntó
Crátero.
—¡Claro que no! ¿Me ves tú cara de hombre
enfermo?
—No.
—En la vida he estado mejor que ahora. Tú lo sabes,
Crátero. ¿Mi salud no estaba mucho más quebrantada
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