Page 475 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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mujer romana, cerró los dedos en el aire y se limitó a
hacerle una seña para que le acompañase a la puerta
del cubículo.
—Creo que ya está fuera de peligro —susurró—.
Los dáimones de la infección no aguantan escondidos
tanto tiempo.
—Siempre he sabido que se pondría bien —
respondió Julia—. Les recé a la Bona Dea y a
Domiduca, y me dijeron que Lila se iba a salvar. —Fue
ella quien apretó el brazo de Néstor—. Pero ha sido
gracias a ti. Nunca lo olvidaré.
Después de eso los legionarios, que escoltaban a
Néstor en todo momento lo acompañaron de vuelta a
su habitación. Bajo sus túnicas cortas de lino se
adivinaban abultamientos sospechosos; puñales, sin
duda, y uno de ellos incluso parecía llevar una espada
corta colgada bajo la axila. A Néstor le daba igual.
Estaba acostumbrado a vivir rodeado de armas, y ni se
le había pasado por la cabeza huir en pleno corazón del
territorio enemigo. Era un médico de cuarenta y tantos
años, no un guerrero joven y ardoroso dispuesto a
correr peligros por reunirse de nuevo con su señor.
Almorzó con Boeto en silencio. El focio era hombre
taciturno y él, por su parte, no tenía muchas ganas de
hablar. Se había levantado irritado, inquieto por algo, y
ahora que Julia le había apretado el brazo creía saber
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