Page 477 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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habían llegado allí.


                  Cuando terminó de comer, Escipión, el magistrado

            que  los  había  recibido  al  llegar  a  Roma,  entró  en  la


            habitación acompañado por Julia. Venía de mal humor,

            al parecer porque el dictador le había echado un buen


            rapapolvo.  Néstor  agachó  la  mirada  como  si  no

            entendiera nada y aguzó el oído, pero no escuchó nada

            relativo a su destino ni al de Clea, sólo quejas sobre el


            imperium,  la  dignitas  y  el  atrevimiento  de  un

            pediculus puesto en limpio como Papirio que se atrevía

            a increpar a quienes por nacimiento eran mejores que


            él.


                  Al ver a Néstor, el pretor cambió el gesto y sonrió.


                  —Mi  esposa  me  ha  dicho  que  la  niña  está  casi

            curada. —Su griego era muy correcto, aunque no fluía


            con tanta soltura como el de Gayo Julio—. Te doy las

            gracias. Ha sido un milagro.


                  Néstor  aceptó  el  cumplido  asintiendo  con  la


            barbilla. En esos casos prefería no contestar en voz alta.


                  —Me pregunto si podrías acompañarme a casa para

            ver a un xenos. —Escipión había utilizado una palabra

            que servía igual para «huésped» que para «extranjero»,


            y se apresuró a añadir—: Es alguien muy querido para

            mí.  Se  llama  Nicómaco,  y  desde  hace  años  es  mi


            profesor  de  filosofía  y  retórica,  y  ha  acabado




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